Las editoriales universitarias: pasado, presente, futuro

Por: Roger Chartier

Como historiador no puedo empezar sino recordando los vínculos antiguos que ligaron las universidades de la Edad Media o del Renacimiento con la publicación de libros.

Europa universitaria, Europa tipográfica (siglos XV–XVIII)

El mapa de la difusión de la imprenta en las décadas que siguieron a la invención de Gutenberg lo muestra claramente. Si la nueva técnica de reproducción de los textos fue acogida por monasterios, conventos y ciudades mercantiles (por ejemplo Lyon), los talleres tipográficos se multiplicaron en las grandes ciudades universitarias. Es verdad, sin embargo, que la relación entre universidad e imprenta se estableció lentamente: en 1475 solamente ocho de las treinta y seis ciudades europeas dotadas de una imprenta eran sedes de una universidad. Es verdad también que la creación de los talleres en estas ciudades no era necesariamente el resultado de la voluntad de la universidad1. En muchos casos, la instalación de las prensas fue la consecuencia de iniciativas individuales y su producción no era dirigida hacia la impresión de los libros utilizados en la enseñanza. Sin embargo, en los tiempos de los incunables, existe una fuerte correspondencia entre la Europa universitaria y la nueva Europa tipográfica. La correlación se verifica en Alemania, en Italia o en Francia, donde en 1499 las imprentas están ya presentes en nueve de las catorce ciudades universitarias2.

Tres ejemplos pueden ayudarnos a entender la complejidad de las relaciones entre universidad e imprenta a finales del siglo xv y en los comienzos del xvi. El primer taller instalado en París fue en la Sorbonne en 1470. La iniciativa fue tomada por dos profesores de teología de la Universidad de París, Guillaume Fichet y Jean Heynlin, que contrataron en Alemania a tres impresores: Ulrich Gering, Michael Friburger y Martin Krantz. Durante los dos años de presencia de la imprenta en la Sorbonne misma —antes de su mudanza a la rue Saint-Jacques con el letrero de Le Soleil d’Or—, Fichet y Heynlin publicaron veintidós libros, tanto textos clásicos (Salustio, Florus, Cicerón, Valerio-Máximo, Virgilio, Juvenal, Persio, Terencio) como obras de los humanistas contemporáneos, todos compuestos por el mismo carácter romano. Antes de dedicarse a partir de 1472 a una producción más directamente ligada con la enseñanza universitaria y la publicación de obras jurídicas, teológicas y litúrgicas, el taller fundado en la Sorbonne por dos de los en la enseñanza. Sin embargo, en los tiempos de los incunables, existe una fuerte correspondencia entre la Europa universitaria y la nueva Europa tipográfica. La correlación se verifica en Alemania, en Italia o en Francia, donde en 1499 las imprentas están ya presentes en nueve de las catorce ciudades universitarias3.

Tres ejemplos pueden ayudarnos a entender la complejidad de las relaciones entre universidad e imprenta  a finales del siglo xv y en los comienzos del xvi. El primer taller instalado en París fue en la Sorbonne en 1470. La iniciativa fue tomada por dos profesores de teología de la Universidad de París, Guillaume Fichet y Jean Heynlin, que contrataron en Alemania a tres impresores: Ulrich Gering, Michael Friburger y Martin Krantz. Durante los dos años de presencia de la imprenta en la Sorbonne misma —antes de su mudanza a la rue Saint-Jacques con el letrero de Le Soleil d’Or—, Fichet y Heynlin publicaron veintidós libros, tanto textos clásicos (Salustio, Florus, Cicerón, Valerio-Máximo, Virgilio, Juvenal, Persio, Terencio) como obras de los humanistas contemporáneos, todos compuestos por el mismo carácter romano. Antes de dedicarse a partir de 1472 a una producción más  directamente ligada con la enseñanza universitaria y la publicación de obras jurídicas, teológicas y litúrgicas, el taller fundado en la Sorbonne por dos de los profesores del  colegio, y no por la Universidad de París como tal, fue un instrumento esencial de la difusión de la nueva retórica y elocuencia humanista, apoyada sobre los modelos de los Antiguos y los tratados de los modernos4.

En Salamanca, es recién en 1504 que se encuentra el primer libro explícitamente costeado por la universidad. Pero es muy probable que empezara anteriormente la actividad del claustro y del rector de la universidad como editores. En 1494 el colofón de un libro de pronósticos indica que «fueron impresos por orden y autorización del rector de la Universidad de los Estudios de Salamanca». Es posible también que la Universidad tuviera su propia imprenta a partir de los comienzos del siglo xvi o quizás a finales del siglo xv tal como lo sugieren los preliminares de una edición de la Repetitio Secunda de Antonio de Nebrija de 14864. El caso salmantino sería muy paralelo a la situación de la Universidad de Oxford que empezó a editar libros en 1478 y que tuvo su propio taller tipográfico a partir de 1530. Último ejemplo: Cambridge. En 1534 Enrique VIII firmó las Letters Patents que autorizaban a la Universidad a nombrar impresores (bookprinters) para imprimir los libros aprobados por el canciller y tres doctores de la Universidad y libreros (sellers of books) otorgados para vender en todo el reino los libros impresos o aprobados por la Universidad cualquiera que fuera su lugar de impresión. Los impresores elegidos como University Printers poseían su propio taller y sus prensas y fundiciones. Publicaron no solo los libros eruditos o los manuales aprobados por la Universidad, sino también títulos más provechosos: por un lado, la Biblia, el Book of Common Prayer y libros de salmos; por otro lado, almanaques. Es así que en la década de 1680 el University Printer John Hayes publicó un quinto de todos los almanaques ingleses. Por supuesto la publicación de semejantes libros que constituían la parte más importante del mercado no era el monopolio de los impresores de la Universidad que tenían que competir o pactar con sus colegas de la Stationers’ Company —la corporación de los libreros e impresores de Londres—5.

Es solamente en 1696 que cambió la situación cuando fueron sustituidos los impresores por la «Press» de la Universidad que poseía su propio taller y que era dirigida por un committeee of curators que daba las licencias para imprimir. Las razones para establecer un taller tipográfico propio de la Universidad eran dobles: por un lado, sustraer la actividad editorial e impresora de la Universidad al control de la Stationers’ Company; por otro lado, publicar ediciones limpias de los gazapos y errores cometidos por «the unskillfull hands of incorrect printers» —«los manos torpes de impresores ignorantes»— según una carta del canciller de la Universidad, el Duque de Somerset, que inició con Richard Bentley, un classical scholar, el proyecto de instalación de una imprenta en la Universidad.

El taller de Cambridge imprimió para libreros o autores sin asumir (salvo en algunos escasos casos) el papel de editor propiamente dicho6. Si en Salamanca, en el siglo xv, la Universidad editó libros  sin tener imprenta, en Cambridge, al revés, la actividad de la University Press no suponía necesariamente una actividad editorial de la Universidad. La producción de los años 1698-1712, estudiada por D. F. McKenzie,7 refleja esta situación en la cual la Press de Cambridge era únicamente una printinghouse. Las prensas de Cambridge imprimieron ediciones eruditas de autores antiguos (entre ellos el Horacio de Bentley o el Homero de Barnes) y libros de filosofía natural (por ejemplo la segunda edición corregida de los Principia de Newton) leídas por estudiantes y profesores, pero la mayoría de los títulos impresos en el taller de la Universidad son sermones y obras religiosas vinculadas con las ásperas controversias del tiempo, vendidas por los libreros-editores londinenses a un público mucho más amplio que los lectores de las ediciones  sabias.

La Edad Media

Sería sin embargo erróneo pensar que la actividad editorial de las universidades empezó solamente con la difusión de la invención de Gutenberg. En los tiempos de la cultura manuscrita, los libreros o  stationarii jurados y privilegiados de las universidades desempeñaron un papel fundamental en las transformaciones de las relaciones con lo escrito. La primera mutación consta a partir del siglo xii en Italia en la definición de un nuevo tipo de libro (el «libro scolastico» o «libro da banco» como lo  llama Armando Petrucci) que propone los textos teológicos, jurídicos o filosóficos en una nueva forma material: el libro de gran tamaño en el cual el texto en latín, a menudo dispuesto en dos columnas, está encerrado por las glosas de los márgenes o de pie de página. Este libro escolástico impone una nueva práctica de lectura, más rápida gracias a las numerosas abreviaciones, y más visual ya que debe establecer relaciones analíticas entre el texto, las rúbricas marginales, las glosas y las notas y los índices8. Permite también el libro universitario una nueva definición y un nuevo uso de lo escrito que duraderamente, desde la alta Edad Media, era dedicado a la conservación de los documentos más que a la lectura de los textos, lo que incitó Petrucci a proponer la fórmula scrivere senza leggere, «escribir sin leer» para designar la paradójica coexistencia entre una alfabetización de escritura y un analfabetismo o ausencia de lectura. Con el libro copiado para el estudio, al modelo monástico de la escritura o, mejor dicho, de la copia fue sustituido un modelo escolástico de la lectura que implica una nueva forma del libro, que define un método de lectura silenciosa y visual que procede del sentido literal a la doctrina9, y que desplaza la copia de los manuscritos de los scriptoria de los conventos a las tiendas de los libreros universitarios y la actividad de los copistas profesionales.

Una tipología de las editoriales universitarias modernas

Ni quiero ni puedo seguir la historia de la edición universitaria desde el siglo XVI o XVII hasta ahora. Quizás bastará con subrayar tres evoluciones de las cuales es heredero nuestro presente. La primera consta en la multiplicación de las editoriales universitarias propiamente dichas, es decir editoriales dirigidas por un comité o una junta de publicaciones constituido por profesores y cuyo financiamiento proviene con proporciones diferentes según los casos del presupuesto de la universidad, de la venta de los libros y periódicos, o de subvenciones y legados. El caso norteamericano es el más espectacular con las creaciones de las editoriales de Cornell en 1869, Johns Hopkins en 1878, Chicago en 1891, Columbia y California en 1893, Toronto en 1901 y Princeton en 1905. Este modelo, en el cual una editorial publica dentro del marco de la universidad, fue imitado tanto en Europa como en América Latina mucho tiempo después: en España, el 70% de las editoriales universitarias fueron fundadas después de 197310 y en Francia los años de la edad de oro de las creaciones de las presses universitaires son entre 1971 y 198711. Un segundo tipo de  editoriales universitarias está fundado sobre una relación estrecha entre la publicación de libros y una comunidad intelectual  que no es una universidad pero que se arraiga en el mundo académico. Podríamos pensar en dos ejemplos. El primero es el del Fondo de Cultura Económica creado en  1934 para publicar los libros necesarios a los estudiantes (y profesores) de la Escuela Nacional de Economía fundada en México ese mismo año. Una colaboración idéntica se inició cuatro años después cuando se estableció en México la Casa de España, precursora del Colegio de México. Apoyado por el Estado, que actuaba en calidad de fideicomiso con los bancos que respaldaron al Fondo de Cultura Económica, la nueva editorial desempeñó un papel fundamental para introducir en el mundo de lengua castellana (particularmente gracias a la colaboración de intelectuales españoles exiliados después de la Guerra Civil) las obras claves de la economía política, de la «nueva» historia y de las ciencias sociales (sociología o antropología)12.

Las características intelectuales que se encuentran en la historia de las Presses Universitaires de  France, son, en parte, similares. Fueron fundadas en 1921 con el estatuto de una cooperativa cuyo capital inicial estaba dividido entre 6.000 acciones de cien francos suscriptas por empresas, asociaciones, fundaciones y más de seiscientos individuos: profesores de las universidades o de los lycées, maestros de la enseñanza primaria, empresarios e ingenieros. En la lista de los suscriptores figuran algunos de los intelectuales más destacados de su tiempo: Marc Bloch, Marcel Mauss, Gustave Lanson, Charles Blondel, Etienne Gilson, Célestin Bouglé, Marie Curie. La mitad del capital inicial fue sin embargo aportada por la Banque des coopératives que respaldaba un proyecto inspirado por la ideología de la cooperación entre suscriptores que aceptan una remuneración limitada de sus acciones.

Las Presses Universitaires de France intentaron construir una integración vertical de la publicación que, limitando los intermediarios y reduciendo el precio de los libros, debía facilitar la difusión de obras amenazadas por la subida del precio del papel y de los costes de impresión, que eran las dos  primeras justificaciones de la creación de la cooperativa editorial. La integración buscada por las PUF asociaban una política editorial decidida por los mejores especialistas de cada disciplina, la impresión de los libros (la editorial adquirió su propia imprenta instalada en Vendôme en 1928) y la  difusión de su catálogo asegurada tanto por la famosa (y ahora desaparecida) librería de la esquina de la Place de la Sorbonne y el Boulevard Saint-Michel como por una red de librerías depositarias en las ciudades de provincia. La hostilidad del sindicato de los editores, inquietos frente a los descuentos consentidos por las puf, y las dificultades económicas de la cooperativa condujeron la editorial a una fusión en 1939 con tres otras editoriales cuyos catálogos coincidían con el suyo: Alcan, Rieder y Leroux. El primero, fruto de la fusión de 1939, cuyo artesano fue Paul Angoulevent que mantuvo el nombre de la editorial y eligió como símbolo por la nueva editorial una cuadriga, fue la creación en 1941 de la colección «Que Sais- Je?» que publicó cincuenta títulos durante su primer año de existencia13.

El carácter «universitario» de las Presses Universitaires de France, tanto en 1921 como en 1939 no se definió entonces por su vínculo con una universidad particular, sino por sus colecciones dedicadas a la publicación de obras de investigación y a la divulgación del saber universitario. El perfil de las Presses Universitaires de France, particularmente después de 1939, nos acerca de un tercer tipo de editoriales ligadas con la universidad que no son editoriales universitarias sino  editoriales privadas que publican libros escritos por profesores e investigadores y libros dirigidos a los estudiantes. En este sentido, podemos decir que el libro «universitario» escapa a las editoriales de las universidades y puede encontrar su lugar en casas editoriales muy diversas: las que construyeron su fuerza a partir de la edición escolar, las que se especializaron en colecciones de saber o las que abrieron su programa de literatura general a las novedades intelectuales. En Francia, Armand Colin puede ilustrar la primera categoría, Payot y Aubier la segunda, Gallimard, Le Seuil o las Editions de Minuit, que fueron, sin duda, las más atentas a las innovaciones intelectuales  después de 1945, la tercera14.

Retos del presente: la transformación de las prácticas de lectura

Quisiera, en la última parte de esta conferencia, examinar algunos de los desafíos lanzados a la edición universitaria y más particularmente a las editoriales universitarias hoy en día. Tres me  parecen esenciales. El primero se remite a las transformaciones de las prácticas de lectura y más generalmente a las mutaciones de las relaciones con el libro. Veamos el ejemplo francés. Los datos reunidos por las encuestas estadísticas midiendo las prácticas culturales de los franceses muestran que entre los años  1973 y 2008, si no retrocedió el porcentaje global de los lectores, al menos disminuyó la proporción de los «lectores intensivos» o «forts lecteurs» en cada grupo de edad y, muy particularmente, en la franja comprendida entre los diecinueve y los veinticinco años15. La reducción del público de grandes compradores de libros, que no era únicamente universitarios, y la disminución de sus compras es un primer elemento en las afirmaciones que diagnostican una «crisis» de la edición.

Las transformaciones de las prácticas de los estudiantes acompañan este retroceso. Sus compras de  libros y sus prácticas de lectura fueron drásticamente reducidas por otras posibilidades de lectura: por un lado, la frecuentación de las bibliotecas universitarias que conoció más del 70% de crecimiento en Francia entre 1984 y 1990, y, por otro lado, el recurso masivo a las fotocopias de los libros tomados en préstamo en las bibliotecas o facilitados por amigos, a los apuntes dactilografiados de las materias y, hoy en día, a los bancos de datos de la red. Aún más importante, solo los estudiantes que han elegido una carrera literaria o cuyos padres tienen un título universitario poseen una cantidad importante de libros. Pero, aun dentro de esta población de compradores de libros, pocos son los que tratan de crear bibliotecas personales, como lo muestra el éxito del mercado de segunda mano de los libros de estudio16. Las mismas observaciones en cuanto a la «falta de hábitos lectores» de los estudiantes y su «cultura de la fototocopia » se encuentran desde 2006 en las conclusiones de Claudio Rama, Richard Uribe y Leandro de Sagastizábal en su estudio dedicado a las editoriales universitarias en América latina17. Citan al ensayista y poeta mexicano Gabriel Zaid para quien «el problema [de América Latina] no está solo en los millones de pobres que no pueden acceder a los libros, muchos de ellos analfabetos, sino en los millones de universitarios que pudiendo acceder a los libros, no leen (pero sí escriben y desean ser publicados)»18.

Por último, las encuestas sociológicas francesas dedicadas a la franja de edad anterior, la de los jóvenes comprendidos entre los quince y diecinueve años, registran no solo una disminución de sus prácticas de lectura, sino también su fuerte reticencia a presentarse como lectores y el estatuto muy despreciado que atribuyen al libro19. Es claro que estos datos franceses recogidos a finales del siglo pasado deberían estar actualizados, criticados y comparados con encuestas hechas en otros países, pero parecen indicar una tendencia general que no se encuentra contradicha por las observaciones más recientes.

Retos del presente: bibliotecas, periódicos y monografías

Un segundo desafío lanzado a la edición universitaria se remite a la política de adquisiciones de las bibliotecas —y particularmente de las bibliotecas universitarias—. Cada uno se acuerda del diagnóstico establecido por Robert Darnton en 1999 en cuanto a la situación en los Estados Unidos20. Según él, el dato esencial consta en los recortes drásticos por parte de las bibliotecas de las compras de monografías, es decir, los libros de humanidades y ciencias sociales dedicados a un tema específico. Semejante reducción es una consecuencia directa e ineluctable del incremento del precio de los periódicos científicos cuya suscripción anual puede alcanzar en algunos casos más de diez o quince mil dólares. Darnton citaba como ejemplos Brain Research publicado por Elsevier y el Journal of Comparative Neurology publicado por Wiley cuyos precios de suscripción para 2015 son respectivamente de 17.500 y 30.000 dólares. Son así más de 70% u 80% del presupuesto  dedicado a las adquisiciones que se encuentra gastado en la compra de periódicos, cualquiera que sea su forma, impresa o electrónica. Sin la seguridad de las compras de las bibliotecas, algunas editoriales académicas estadounidenses empezaron a rehusar los textos considerados como demasiado especializados: Ph.D. transformados en libros, obras de erudición, publicaciones de documentos. Se concentraron en los temas de moda y los libros más atractivos para el gran público.

Parece que tal evolución empezó temprano, antes del viraje decisivo de 1990. En un divertido  ensayo publicado en 1983, el mismo Robert Darnton recuerda su experiencia como miembro del editorial board de Princeton University Press entre 1978 y 1982. Si en estos años la política de la editorial acogía generosamente las monografías (a menudo con títulos que transformaban «the small», es decir el estudio particular, en «big» tal como, por ejemplo, Land and Labor: Economic Dependency and Social Order in Springfield, Massachusetts, 1636-1703), sin embargo ya existía el énfasis sobre libros atractivos y temas de moda. De ahí las advertencias de  Darnton a los futuros autores: «Historia, diga qué es antropología. Antropología, diga qué es historia» o «Literatura inglesa, tiene que demostrar que usted sabe todo en cuanto a la más reciente teoría crítica llegada   desde París o Yale pero que usted no cree en ella». O «Si quiere proponer un libro, debe escribirlo sobre las aves. Hemos aceptado libros sobre las aves de todas partes del mundo: Colombia, África, Rusia, China, Australia… No puede fracasar usted con las aves, por lo menos con Princeton. Otras  editoriales consideran otros temas irresistibles. Puede probar las casas de campo con Yale y la   cocina con Harvard»21.

En Francia, y sin duda en otros países de Europa, la reducción de las compras de los lectores es  quizás más decisiva que la transformación de la política de las bibliotecas. Pero las consecuencias sobre las editoriales que publican libros académicos son semejantes22. Las estadísticas reunidas por  el Syndicat national de l’édition en cuanto a los libros de ciencias humanas y sociales muestran una doble disminución en la década de 1990: disminución del número global de libros vendidos (dieciocho millones en 1988, quince millones en 1996), disminución del número de ejemplares vendidos por título publicado (dos mil doscientos en 1980, ochocientos en 1997). Frente a semejantes evoluciones, las repuestas de las editoriales fueron múltiples. La primera, es decir el incremento del número de títulos publicados (1.942 en 1988, 3.133 en 1996) de manera que sea ampliada la oferta, condujo a un crecimiento explosivo de los libros no vendidos y devueltos a sus  editores y a graves desequilibrios financieros de las empresas. De ahí las elecciones de los editores durante los últimos años: a reducción de las tiradas (a menudo muy inferiores a las del siglo xvi), el rehúso de las obras juzgadas demasiado especializadas, la prudencia ante las traducciones23. Aunque las razones de las dificultades no sean las mismas en los Estados Unidos y en Europa, me parece que podemos generalizar el inquietante diagnóstico de Darnton: «la monografía está en peligro de  extinción».

La edición electrónica: promesas y desafíos

Es la razón por la cual las posibilidades ofrecidas por la publicación electrónica le parecía una  posible solución. Puede permitir la construcción de un nuevo tipo de libro, estructurado en una serie de estratos textuales dispuestos en forma de pirámide: argumento, estudios particulares, documentos, referencias historiográficas, materiales pedagógicos, comentarios y discusiones. La estructura  hipertextual de semejante libro cambia tanto la lógica de la argumentación, que ya no es necesariamente lineal ni secuencial, sino abierta y relacional, como la recepción del lector que puede consultar por sí mismo, si existen en una forma electrónica, los documentos (archivos,  imágenes, música, palabras) que son el objeto o los instrumentos del estudio. El libro electrónico transforma así profundamente las técnicas de la prueba en los discursos del saber (citas, notas,  referencias) puesto que el lector puede, si lo quiere, controlar las elecciones e interpretaciones del autor24.

Pero tales promesas suponen dos condiciones. En primer lugar, deben estar claramente  diferenciadas la comunicación electrónica, libre y gratuita, y la edición electrónica, que implica un trabajo editorial, costes de producción, un control científico y el respeto de la propiedad intelectual. Esta reorganización es una condición para que puedan protegerse tanto los derechos económicos y morales de los autores como la remuneración de los editores. Así, el libro digital debe definirse por oposición a la comunicación electrónica espontánea que autoriza a cada uno a poner en circulación en la red sus ideas, opiniones o creaciones. De esta manera, podrá reconstituirse en la textualidad electrónica una jerarquía de los discursos que permitirá diferenciarlos según su autoridad científica propia. En segundo lugar, las publicaciones electrónicas necesitan adquirir una legitimidad intelectual comparable al reconocimiento científico que se atribuye a los libros impresos. La creación de colecciones de libros electrónicos25 y el desarrollo de los usos científicos de las nuevas tecnologías26 muestran que empiezan a estar movilizadas las posibilidades específicas de la nueva  forma de publicación de los textos. No se debe olvidar, sin embargo, que los productos electrónicos no representan sino una parte muy minoritaria del mercado de la edición universitaria y del mercado del libro en general: solamente entre 3 y 4% en Francia tanto en 2013 como en 200127. La situación en Estados Unidos está sin duda diferente. En 2012, los libros electrónicos representaron  27% del mercado de los libros por adultos28 y en 2014 46% de las editoriales universitarias estadounidenses declararon que las ventas de e-books constituían entre 7 y 20% de sus ingresos mientras que era solamente la situación de 27% de ellas el año anterior 201329.

No debemos menospreciar la importancia de las mutaciones o rupturas introducidas por la  textualidad electrónica30. El caso de los periódicos científicos que constituyeron y todavía constituyen una parte importante de las publicaciones de las editoriales universitarias lo puede ilustrar en un momento en el que las bibliotecas modifican profunda y rápidamente la distribución de sus suscripciones entre periódicos impresos y periódicos electrónicos. Bastará un solo ejemplo. La biblioteca de Drexel University (una universidad de Filadelfia orientada hacia la tecnología y la ingeniería) suscribía en 1998 a mil quinientos periódicos impresos y veinte periódicos electrónicos. En el 2000 la proporción se invirtió drásticamente con ochocientos impresos y cinco mil electrónicos, y en 2001 la diferencia incrementó aún más con trescientos impresos contra seis mil y  trescientos electrónicos. La Universidad gastó en este mismo año 36 mil dólares para los periódicos impresos contra 595 mil para los electrónicos31. La difusión masiva de los periódicos científicos en  una forma electrónica plantea dos interrogantes fundamentales. Primero la cuestión del acceso al  conocimiento. La batalla entablada entre los investigadores, que reclaman el acceso libre y gratuito a los artículos científicos, y las editoriales de revistas que, como Springer (2.938 revistas) o Elsevier (2.268 revistas), imponen precios de suscripción enormes y multiplican los dispositivos capaces de  impedir la redistribución electrónica de los artículos, indica la tensión entre dos lógicas que atraviesan el mundo de la textualidad digital: la lógica intelectual, heredada de la Ilustración, que exige el acceso libre y compartido al saber, y la lógica comercial basada en los conceptos de propiedad intelectual y del mercado. En 2001 catorce mil investigadores, principalmente en el campo de las ciencias biológicas, firmaron una petición que exigía el acceso gratuito e inmediato a los textos publicados por las revistas científicas. Hoy en día la Public Library of Science publica siete revistas en biología, genética y medicina que garantizan el open access a los resultados científicos32. Como respuesta, algunas revistas han decidido permitir semejante acceso libre a sus artículos algunos meses después de la fecha de la publicación electrónica de los artículos. Es el caso de Molecular Biology of the Cell, revista de la American Society for Cell Biology que permite un open access a sus números dos meses después de su publicación.33 Segunda apuesta: la transformación de las prácticas de lectura de las revistas. Mientras que en la forma impresa cada artículo está ubicado en una contigüidad física, material, con todos los otros textos publicados en el mismo número, en la forma electrónica los artículos se encuentran y se leen a partir de las  arquitecturas lógicas que jerarquizan campos, temas y rúbricas.34

En la primera lectura, la construcción del sentido de cada texto particular depende, aunque sea inconscientemente, de su relación con los otros textos que lo anteceden o lo siguen y que fueron reunidos dentro de un mismo objeto impreso por una intención editorial inmediatamente comprensible. La segunda lectura procede a partir de una organización enciclopédica del saber que propone al lector textos sin otro contexto que el de su pertenencia a una misma temática. En un momento en el que se discute la posibilidad o bien la necesidad para las bibliotecas de digitalizar sus colecciones (particularmente de diarios y revistas), semejante observación recuerda que, por fundamental que sea este proyecto, nunca debe conducir a la relegación, o, peor, la destrucción de los objetos impresos que han transmitido los textos a sus lectores. Finalmente, lo que está en tela de juicio es la identidad misma de los periódicos electrónicos, que se borra por dos razones. Por una parte, cada uno de sus artículos puede leerse de manera totalmente independiente, sin ninguna relación necesaria con los otros artículos publicados al mismo tiempo ni con el proyecto intelectual de la revista. Por otra parte, es la singularidad misma de cada revista la que desaparece en las databases de periódicos propuestas por un editor o por lo que se llama en inglés un aggregator.  Este dispositivo, que se generaliza, permite el acceso de los lectores a artículos de periódicos no suscriptos por la biblioteca, pero conduce también a considerar la totalidad de las revistas como un banco de artículos donde borran las identidades propias de cada una, tanto intelectual como económicamente, ya que el número de consulta de los artículos no corresponde más al número de suscriptores35.

El orden de los discursos

El caso de los periódicos científicos nos conduce finalmente a reflexionar sobre el primero y más fundamental desafío lanzado por la textualidad digital al mundo de los libros tal como lo conocemos después de que apareció el codex. La mutación más esencial se refiere al orden de los discursos. En la cultura impresa este orden se establece a partir de la relación entre tipos de objetos (el libro, el diario, la revista), categorías de textos y formas de lectura. Semejante vinculación se arraiga en una historia de muy larga duración de la cultura escrita y resulta de la sedimentación de tres innovaciones fundamentales. En primer lugar, entre los siglos ii y iv, la difusión de un nuevo tipo de libro que es todavía el nuestro, es decir el libro compuesto de hojas y páginas reunidas dentro de una misma encuadernación, el libro que llamamos codex y que sustituyó a los rollos de la antigüedad griega y romana. En segundo lugar, a finales de la Edad Media, en los siglos XIV y XV, antes de Gutenberg, la aparición del libro unitario, es decir la presencia dentro un mismo libro manuscrito de obras compuestas en lengua vulgar por un solo autor (Petrarca, Boccacio, Christine de Pisan) mientras que esta relación caracterizaba antes solamente a las autoridades canónicas antiguas y cristianas. Finalmente, en el siglo XV, la invención de la imprenta, que sigue siendo hasta ahora la técnica más utilizada para la producción de los libros. Somos herederos de esta historia tanto para la definición del libro, es decir a la vez un objeto material y una obra intelectual o estética identificada por el nombre de su autor, como para la percepción de la cultura escrita que se funda sobre distinciones inmediatamente visibles entre los objetos (cartas, documentos, diarios, libros). Es este orden de los discursos el que cambia profundamente con la textualidad electrónica. Es un único aparato, la computadora, el que hace parecer frente al lector las diversas clases de textos previamente distribuidas entre objetos distintos. Todos los textos, sean del género que fueren, son leídos en un mismo soporte (la pantalla iluminada) y en las mismas formas (generalmente aquellas decididas por el lector). Se crea así una continuidad que no diferencia más los diversos discursos a partir de su materialidad propia. De allí surge una primera apuesta para los lectores que deben afrontar la desaparición de los criterios inmediatos, visibles, materiales, que les permitían distinguir, clasificar y jerarquizar los discursos. Por lo tanto, es la percepción de las obras como obras la que se vuelve más difícil. La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas el fragmento textual del cual quiere apoderarse (un artículo en un periódico, un capítulo o un párrafo en un libro, una información en un web site) sin que sea necesaria o deseable la percepción de la identidad y la coherencia de la totalidad textual que contiene este elemento. En un cierto sentido, en el mundo digital todas las entidades textuales son como bancos de datos que proporcionan fragmentos cuya lectura no supone de ninguna manera la  comprensión o la percepción de las obras en su identidad singular. De ahí el profundo desafío lanzado a las categorías que solemos manejar para describir la cultura escrita y a la identificación  entre el libro entendido como obra y el libro percibido como objeto. ¿Cómo caracterizar a la lectura de los textos electrónicos que progresa tan fuertemente?36 Para comprenderla, Antonio Rodríguez de las Heras formuló dos observaciones que nos obligan a abandonar las percepciones espontáneas y  los hábitos heredados.37

Para empezar, debe considerarse que la pantalla no es una página, sino un espacio de tres dimensiones, que tiene profundidad y en el cual los textos alcanzan la superficie iluminada de la pantalla. Por consiguiente, en el espacio digital, es el texto mismo, y no su soporte, el que está plegado. La lectura del texto electrónico debe pensarse, entonces, como desplegando el texto o, mejor dicho, una textualidad blanda, móvil e infinita. Semejante lectura —y es la segunda observación— «dosifica» el texto sin necesariamente atenerse al contenido de una página, y compone en la pantalla ajustes textuales singulares y efímeros propuestos a una lectura discontinua y segmentada que no se detiene en la comprensión de las obras en su coherencia y totalidad. Si conviene para los libros que se consultan, las obras de naturaleza enciclopédica, que nunca fueron leídas desde la primera hasta la última página, parece menos adecuada frente a los textos que se leen, los libri di leggere, como dice Umberto Eco, cuya apropiación supone una lectura continua y la percepción del texto como creación original y coherente. ¿Será el texto electrónico un nuevo libro de arena, cuyo número de páginas era infinito, que no podía leerse y que era tan monstruoso que debía ser sepultado en los anaqueles de la biblioteca? O bien ¿propone ya una nueva forma de  relación con lo escrito capaz de favorecer y enriquecer el diálogo que cada texto entabla con cada uno de sus lectores? No lo sé. Los historiadores son los peores profetas del futuro y como escribió John Thopson en 2010, «trying to predict the pattern of ebook sales over the next 3-5 years is like trying to predict the weather in six months’ time»38. Lo único que pueden hacer los historiadores es recordar que en la historia de larga duración de la cultura escrita cada mutación (la aparición del codex, la invención de la imprenta, las revoluciones de la lectura) produjo una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos y las nuevas técnicas y prácticas. Las editoriales universitarias se han comprometido con osadía en el uso de las nuevas tecnologías al mismo tiempo que se quedaban  fieles a la publicación de libros que unen obra y objeto39. Es la razón por la cual desempeñan con  otros (por ejemplo los libreros40) un papel fundamental en la reorganización de la cultura escrita que imponen las conquistas del mundo digital.


Referencias

1 Lodovica Braida, Stampa e cultura in Europa tra XV e XVI secolo, Roma-Bari, Laterza, 2000, pp. 20-34 que matiza las afirmaciones más contundentes de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, L’Apparition du livre, [1958], Paris, Albin Michel, 1999, pp. 250-255.

2 Jeanne-Marie Dureau, «Les premiers ateliers français», [1982], in Histoire de l’édition française, sous la direction de Roger Chartier et Henri-Jean Martin, Tome I, Le livre conquérant. Du Moyen Age au milieu du XVIIe siècle, Paris, Fayard/Cercle de la Librairie, 1989, pp. 188-190. Las nueve ciudades universitarias dotadas de una imprenta antes de 1500 son Paris (1470), Toulouse y Angers (1476), Poitiers (1479) Caen (1480), Orléans (1490) Valence (1493), Nantes (1491) y Bourges. Las ciudades universitarias sin imprentas antes de 1500 (Cahors, Montpellier, Perpignan Aix-en- Provence y Bordeaux) son todas situadas en la parte meridional de Francia.

3 Jeanne Veyrin-Forrer, «Aux origines de l’imprimerie française. L’atelier de la Sorbonne et ses mécènes (1470-1473)», [1973], in Jeanne Veyrin-Forrer, La lettre et le texte. Trente années de recherches sur l’histoire du livre, Paris, Ecole Normale Supérieure de Jeunes Filles, 1987, pp. 161-187.

4 José A. Sánchez Paso, «La Universidad de Salamlanca en la impresión y edición de libros», in El libro antiguo español, Actas del segundo Coloquio Internacional (Madrid), Al cuidado de María Luisa López Vidriero y Pedro M. Cátedra, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, Biblioteca Nacional de Madrid y Sociedad Española de Historia del Libro, 1992, pp. 449-436.

5 David McKitterick, A History of Cambridge University Press, Volume I, Printing and the Book Trade in Cambridge 1534-1698, Cambridge, Cambridge University Press, 1992, pp. 384-387.

6 David McKitterick, A History of Cambridge University Press, Volume 2, Scholarship and Commerce 1696-1872, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, pp. 45-51.

7 D. F. McKenzie, The Cambridge University Press. A Bibliographical Study, Volume I Organization and Policy of the Cambridge University Press, Cambridge, Cambridge University Press, 1966, pp. 1-15 y pp. 164-170.

8 Armando Petrucci, «Il libro manoscritto», in Letteratura italiana, Volume 2, Produzione e consumo, Torino, Einaudi, 1983, pp. 499-524 y Richard H. et Mary Rouse, «Concordances et index», in Mise en page et mise en texte du livre manuscrit, sous la direction de Henri- Jean Martin et Jean Vézin, Paris, Editions du Cercle de la Librairie-Promodis, 1990, pp. 219-228.

9 Franco Alessio, «Conservazione e modelli di sapere nel Medioevo», in La memoria del sapere. Forme di conservazione e strutture organizzative dall’Antichità a oggi, a cura di Pietro Rossi, Roma-Bari, Laterza, 1988, pp. 99-133.

10 En España 36 de las 52 editoriales que constituyen la Unión de Editoriales Universitarias fueron fundadas después de 1973. Solamente dos fueron establecidas antes de 1938 (Salamanca a finales del siglo XV, Valencia en 1930) y 14 entre 1939 y 1973 (dentro de ellos las editoriales del C.S.I.C. y del C.E.P.C. fundadas en 1939. Estos datos son calculados a partir del Directorio 2007-2008, Madrid, Unión de editoriales universitarias españolas, 2007.

11 Benjamin Assié, L’édition universitaire, Villeurbanne, Ecole nationale supérieure des sciences de l’information et des bibliothèques, 2007, pp. 41-43.

12 Víctor Díaz Arciniegas, Historia de la casa. Fondo de Cultura Económica, México, Fondo de Cultura Económica, 1994, y Cristina Pacheco, En el primer medio siglo del Fondo de Cultura Económica. Testimonios y conversaciones, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.

13 Valérie Tesnière, Le Quadrige. Un siècle d’édition universitaire, Paris, Presses Universitaires de France, 2001 (particularmente el capítulo 9, «Coopératisme et édition: à la recherche de nouvelles formes de production et de gestion», pp. 245-280, y el capítulo 10, «Le Quadrige», pp. 281-310).

14 Valérie Tesnière, «L’édition universitaire», [1985], in Histoire de l’édition française, op. cit., Tome III, Le temps des éditeurs. Du romantisme à la Belle Epoque, 1990, pp. 245- 250, y «Traditions et forces neuves dans l’édition universitaire», [1986], in Histoire de l’édition française, op. cit., Tome IV, Le livre concurrencé. 1900-1950, 1991, pp. 322-325.

15 Olivier Donnat et Denis Cogneau, Pratiques culturelles des Français 1973- 1990, Ministère de la Culture et de la Communication, Paris, La Découverte y La Documentation française, 1990, y François Dumontier, François de Singly et Claude Thélot, «La lecture moins attractive qu’il y a vingt ans», Economie et statistique, 233, 1990, pp. 63-75. Cf. Aussi Oliier Donnat, «La lecture régulière des livres: un recul ancien et général», Le Débat, n° 170, 2012, pp. 42-51.

16 Les étudiants et la lecture, sous la direction d’Emmanuel Fraisse, Paris, Presses Universitaires de France, 1993, y Bernard Lahire avec la collaboration de Mathas Millet y Everest Pardell, Les manières d’étudier. Enquête 1994, Paris, La Documentation française, 1997.

17 Claudio Rama, Richard Uribe y Leandro de Sagastizabal, Las editoriales universitarias en América Latina, Caracas, IESALC, y Bogotá, CERLAC, 2006.

18 Ibid., p. 98.

19 François de Singly, Les jeunes et la lecture, Ministère de l’Education Nationale et de la Culture, Direction de l’évaluation et de la prospective, Les Dossiers Education et Formation, 24, janvier 1993, y Christian Baudelot Marie Carter y Christine Détrez, Et pourtant ils lisent…, Paris, Editions du Seuil, 1999.

20 Robert Darnton, «The New Age of the Book», The New York Review of Books, March 18, 1999, pp. 5-7 [tr. española: «La nueva era del libro», in Robert Darnton, El coloquio de los lectores. Ensayos sobre autores, manuscritos, editores y lectores, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 355-370].

21 Robert Darnton, «Publishing: A Survival Strategy for Academic Autors», [1983], in Robert Darnton, The Kiss of Lamourette. Reflections in Cultral History, New York y Londres, W. W. Norton & Company, 1990, pp. 94-103.

22 Hervé Renard y François Rouet, «L’économie du livre: de la croissance à la crise», in L’édition française depuis 1945, sous la direction de Pascal Fouché, Paris, Editions du Cercle de la Librairie, 1998, pp. 640-737, y Pierre Bourdieu, «Une révolution conservatrice dans l’édition», Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 126-127, 1999, pp. 3-28.

23 En Francia, las variaciones de las clasificaciones utilizadas para las estadísticas del Syndicat national de l’édition hacen dificiles la comparaciones cronológicas. El caso de una categoría estable entre 1970 y 2004, «ciencias humanas generales», confirma sin embargo el cruce entre la reducción de las tiradas medias (4.000 ejemplares en 1988, 2.000 en 2003) y el aumento del número de títulos publicados (2.000 en 1988, 4.000 en 2001). Cf. Bruno Auerbach, «Publish and perish. La définition légitime des sciences sociales au prisme du débat sur la crise de l’édition SHS», Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 164, 2006, pp. 74-92 (Graphique 1, p. 81).

24 Para un ejemplo de las diferencias de los vínculos posibles entre demostración histórica y fuentes documentales en las dos formas, impresa y electrónica, del «mismo» artículo, véanse Robert Darnton, «An Early Information Society. News and Media in Eighteenth-Century paris», The American Historical Review, Vol. 105, n° 1, February 2000, pp. 1-35, y AHR webpage: www.historycooperative.org/ahr.

25 Por ejemplo, el proyecto Electronic Publishing Initiative @ Columbia de Columbia University Press y su colección «Gutenberg-e series of monographs in History». Puede compararse para un mismo título, por ejemplo Gregory S. Brown, A Field of Honor: Writers, Court Culture, and Public Theater in French Literary Life from Racine to the Revolution, 2002, la versión impresa y la versión electrónica (http:// www.gutenberg-e.org/brg01) que propone más allá del texto del autor una serie de imágenes, la publicación de fuentes documentales y más de setenta y cinco vínculos con otros recursos electrónicos.

26 Véanse para los estudios filológicos, José Manuel Blecua, Gloria Clavería, Carlos Sanchez and Joan Torruella (eds.), Filología e Informática. Nuevas tecnologías en los estudios filológicos, Bellaterra, Editorial Milenio y Universitat Autonoma de Barcelona, 1999, y David Scott Kastan, Shakespeare and the Book, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, Chapter Four, «From codex to computer; or, presence of mind», pp. 111-136.

27 Syndicat national del’édition, Chiffres clés 2013 (http://www.sne.fr/enjeux/chiffrescles- 2013) y Marc Minon, Edition universitaire et perspectives du numérique, Etude réalisée pour le Syndicat national de l’édition, 2002 (http://www.sne.fr/numerique).

28 «Looking at US E-book Statistics and Trends», Publishing Perspectives, October 3, 2012, (http://publishingpersoectives.com/2012/10).

29 Digital Book Publishingin the AAUP. Survey Report: Spring 2014, The Association of Amercan University Press (http://www.aaupnet.org/images/stories/ data/2014digitalsurveyreport.pdf).

30 John B.Thompson analiza en su libro Merchants of Culture. The Publishing Business in Twenty-First Century, Cambridge, Polity Press, 2010, las razoness por las cuales «the field of scientific and scholarly journal publishing and the field of reference publishing have experienced a migration – partial in some cases, but clear and irreversible nonetheless – from print to online content delivery ”, p. 341.

31 Carol Hansen, «Measuring the Impact of an Electronic Journal Collection on Library Costs. A Framework and Preliminary Observations», D-Lib Magazine, Vol. 6, Number 10, October 2000 (accesible en la red: http://www.dlib.org). En 2011 the «Report» del Senado de la Universidad de Drexel sobre el presupuesto del año expresaba su preocupación en cuanto a los precios de suscripción de las revistas electrónicas: «budgets are still not able to handle the predictable increases in costs of electronic journals in particular, requiring the cancelation of some titles in order to maintain the core collections», Senate Committee on Budget, Plannning, and Development, Report on the FY2011 Budget, p. 12 (http://www.drexel.edu/provost/ senate/BPD-FY2011%20Budget.pdf).

32 Las siete revistas son PLOS One, Biology, Medicine, Computational Biology, Genetics, Tropical diseases y Pathogens, cf. http://www.plos. org/publications/journals.

33 Libération, 14-15 de abril de 2001, pp. 16-17.

34 Geoffrey Nunberg, «The Place of Books in the Age of Electronic Reproduction», en Future Libraries, Edited by R. Howard Bloch y Carla Hesse, Berkeley, University of California Press, 1993, pp. 13-37.

35 Judy Luther, White Paper on Electronic Journal Usage Statistics, Washington D.C., Council on Library and Information Resources, 2001 (accesible en la red: http://www.clir.org).

36 En 2014 en Francia 15% de las personas de más de quince años dicen que leyeron por lo menos un libro electrónico. En 2012 era el caso de solamente 5%. Cf. Syndicat national de l’édition, Enjeu numérique, Le livre numérique en 2014: bilan et perspectives (http://www.sne.fr/enjeux/numerique-2). Véase Christophe Evans, Lectures et lecteurs à l’heure d’Internet: livre, presse, bibliothèques, Paris, Editions du Cercle de la Librairie, 2011.

37 Antonio Rodríguez de las Heras, Navegar por la información, Madrid, Los libros de Fundesco, 1991.

38 John Thompson, Merchants of Culture, op. cit., p. 318.

39 En 2014 solamente 27% de las editoriales universitarias estadoudinenses declaran publicar «e-only scholarly texts», cf. Digital Book Publishing in the AAUP Comunity, op. cit. Cf. José Castilho Marques Neto, «A editora universitária, os livros do século XXI e seus leitores», Interface. Comunicação, Saúde, Educação, Vol. 4, n. 7, 2000.

40 Roger Chartier «Librerías y libreros: historia de un oficio, desafíos del presente», Texturas, 1, diciembre 2006, pp. 9-18.

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